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Acompañar la vejez y el cuidado de quien cuida

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La vejez es una etapa difícil de enfrentar para todo ser humano, porque es el ciclo de vida previo a la muerte, a la desaparición, a borrar el paso de nuestras vidas por este mundo, y por ello no es fácil de enfrentar, de hablar o leer acerca de ella.

El tema del envejecimiento es tan antiguo como la humanidad misma, la mencionemos o no, está siempre presente, siempre latente, siempre mostrándose aunque muchas personas se nieguen a verla y eviten el paso del tiempo con un sinfín de estrategias que además les “ayuden” a seguir siendo vistas.

A lo largo de los años, en las diferentes culturas se ha otorgado un lugar a las personas mayores, por ejemplo Japón es el país que más respeto y veneración tiene por las personas adultas mayores.

De hecho cuenta con un día festivo, denominado “Día del Respeto a las Personas Mayores” (Keirō No Hi).

Ese día se pretende honrar a las personas adultas mayores japonesas y sensibilizar a la población joven sobre la importancia de la experiencia de estas personas, que han servido a la sociedad durante muchos años.

El número de hombres asciende a 12.73 millones (20.5 por ciento de la población masculina), mientras que el de mujeres llega a 17.07 millones (26 por ciento de la población femenina).

Se estima que 8.66 millones de japonesas y japoneses tienen 80 años o más. El número de personas de 65 años o más que se mantiene activa laboralmente asciende a 5.7 millones**.

El “Keirō No Hi” se trata de un día cargado de significado y mensaje para las nuevas generaciones, a las que se les transmite la importancia del respeto a las personas mayores, en vez del rechazo típico que sufren por ser mayores en las sociedades occidentales.

En este sentido, México no es la excepción. Cuando vemos que el lugar que nuestra cultura asigna a las personas adultas mayores, por lo general, es uno de los más relegados de la historia, debido a la tendencia al individualismo y a la competencia que reina en nuestra sociedad, para ver quién luce más joven de lo que en realidad es.

Gran parte de las desigualdades entre mujeres y hombres adultos mayores son resultado de las desigualdades de género vividas en etapas anteriores, que suelen situar a las mujeres en condiciones de desventaja en términos de bienestar social, económico y psicológico (Torres y Villagrán, s/f).

Las mujeres adultas mayores padecen más enfermedades incapacitantes y por más largo tiempo que los hombres: tres de cada 10 tiene dificultad para realizar alguna tarea de la vida diaria como comer, bañarse, caminar, preparar o comprar alimentos, frente a dos de cada 10 hombres.

En 2009, 25.3 por ciento de las personas adultas mayores, 27.8 por ciento de las mujeres y 22.5 por ciento de los hombres, necesitaron que alguna persona de su hogar le brindara cuidados o apoyo; las necesidades de cuidado aumentan conforme avanza la edad, según datos del Instituto Nacional de las Mujeres***.

A las personas que cuidan de las y los adultos mayores se les denomina cuidadora o cuidador primario. Cuando la persona mayor empieza a sufrir discapacidad o a necesitar más atención, las que suelen asumir este cuidado son principalmente las mujeres.

Este trabajo recae habitualmente sobre las mujeres, que son en su mayoría amas de casa. El resto de los miembros de la familia consideran que las amas de casa tienen tiempo libre y disponibilidad para cuidar a las y los mayores.

En nuestra cultura existe una persona específica que asume el cuidado primario de las personas mayores enfermas, generalmente puede ser una hija o una nuera. Esta figura es básica, y se le conoce como “cuidadora primaria”, y es en quien recae la mayor parte de la responsabilidad de los cuidados.

Esta responsabilidad tiene un costo a veces físico, a veces emocional, a veces ambos, en términos de estrés, problemas con la pareja (si se tiene), tiempo, costos económicos y aspectos éticos.

En muchas ocasiones se ve la falta de apoyo familiar, es decir, que se deja todo en quien ha asumido la responsabilidad, lo que no es justo, ni sano; asimismo, se enfrenta también a la dificultad de  tomar decisiones, responsabilidad muy poco gratificante.

La cuidadora o el cuidador primario es la pieza clave en una atención adecuada para la o el adulto mayor. Es importante puntualizar que para que esta persona pueda desempeñar su papel de cuidadora, requiere asumir nuevos compromisos, empezar a realizar actividades y funciones que antes realizaba la persona de la tercera o cuarta edad (vejez a partir de los 80 años), y adaptarse a un estilo de vida diferente, aceptando que es una nueva etapa y la última de la persona adulta mayor.

Entre muchos cambios personales que la cuidadora o cuidador enfrentan, está el hecho de que en algunas situaciones, a quien apoya ahora era quien le apoyaba antes y quien sostenía su mano, ahora es quien cuida, quien dirige a la persona mayor, se convierte en espectadora de los cambios que genera el deterioro, de aquella persona con quien se tiene el vínculo afectivo, independientemente de cuál sea.

Ante este panorama, existen emociones que se generan en la cuidadora o el cuidador, como enojo, tristeza, culpa, frustración, impotencia, desesperación, angustia, ansiedad, todas ellas provocadas por el duelo al que se enfrenta, unido a la falta de información sobre el envejecimiento y las funciones que deberá asumir en su nuevo rol (a veces impuesto, a veces no) de cuidadora o cuidador.

Es por ello que quien cuida tiene que cuidarse porque tiene el riesgo de deteriorarse paralelamente a quien cuida, y puede sufrir el “síndrome del quemado” o “burnout”, que es sentirse colapsada por el exceso de trabajo, tensión y falta de descanso, que implica cuidar de otras y otros.

Por ello, la persona que cuida tendrá que tener presentes los aspectos que pueden impactar su entorno:

a) Social: enfrentar el cambio de roles, asumir las alteraciones en su ritmo cotidiano y por tanto cambios en su estilo de vida.
 
b) Físico: tener que moverse en una ciudad llena de tráfico y contaminación ambiental, estrés, alteraciones en el apetito, trastornos del sueño, fatiga y deterioro de la salud.
 
c) Emocional: cansancio ante las demandas de la persona cuidada, temor a perder el control de la situación, angustia, ansiedad, poca satisfacción de necesidades básicas, sentimiento de desamparo y soledad, rechazo, ira, hostilidad, frustración, incapacidad para organizarse, y frecuentemente sensación de sentirse atrapada o atrapado por la situación.

Lo importante de todos estos sentimientos es saber reconocerlos,  trabajarlos para liberarlos y seguir adelante con tan importante labor, que requiere de momentos de descanso y reflexión para que este acompañamiento represente un beneficio y crecimiento personal, mutuo.

Nos guste o no, la vejez es algo que tendremos que experimentar porque es una etapa de vida, que no podemos “saltarnos” a menos que fallezcamos antes de envejecer más, y es algo de lo que hay que hablar para que no neguemos que existe y entonces podamos actuar en consecuencia, para tomar las medidas necesarias tanto para el cuidado de alguien cercano, como para nuestro autocuidado y vivir una vejez digna, lo más sana posible y acompañada de los mejores cuidados físicos, económicos y emocionales.
Por: Alejandra Buggs Lomelí*

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